Los interrogantes señalados en la entrada anterior claman frente a nosotros. No son nuevos. Al respecto, quiero recordar unos párrafos de la correspondencia que Einstein y Freud mantuvieron sobre la Guerra en 1932. Sucedió hace más de noventa años, pero parecen escritos esta mañana:
Einstein:
“Una ojeada al constante fracaso de las tentativas, sin duda bien intencionadas, de los últimos decenios por alcanzar este objetivo (el fin de las guerras), hace intuir claramente que están en juego poderosas fuerzas psicológicas que paralizan estos esfuerzos. Algunas de estas fuerzas actúan sin embozo. La voluntad de poder de la clase dirigente de un Estado se opone a una limitación de sus derechos de soberanía. Esta «voluntad de poder político” es alimentada a menudo por una veleidad de poder de otra categoría que se manifiesta en el plano material económico. Con esto quiero referirme sobre todo a los grupos, que se encuentran en el interior de todo pueblo, pequeños pero resueltos, y libres de todo escrúpulo, de aquellos hombres para quienes la guerra, fabricación y comercio de armas no constituyen sino una ocasión propicia para conseguir ventajas personales y extender su esfera de poder personal.”
“… ¿Cómo es posible que una minoría logre someter a sus deseos a la masa del pueblo, que en una guerra sólo tiene que perder y de qué sufrir? ¿Cómo es posible que la masa se deje inflamar hasta el frenesí y el sacrificio de sí misma? La respuesta sólo puede ser la siguiente: existe en el hombre una necesidad de odio y de destrucción. Esta tendencia, en tiempos normales, es sólo latente, y sale a luz en momentos excepcionales; pero puede ser con relativa facilidad despertada y elevada a psicosis de masa.
“…Esto conduce a una última cuestión: ¿existe una posibilidad de enderezar el desarrollo psíquico de los hombres de modo que se los haga capaces de resistir a las psicosis de odio y de destrucción?
Y ésta es la pregunta que Einstein le hace a Freud, quien le señala, después de explicar los mecanismos psicológicos del ser humano y el rol superador de la cultura y la civilización:
Freud:
“La guerra contrasta del modo más estridente con las actitudes psíquicas que el proceso de civilización nos impone. Por eso debemos indignarnos contra ella, simplemente porque no podemos ya soportarla. No se trata sólo de una aversión intelectual y afectiva, sino que para nosotros los pacifistas es una intolerancia constitucional, por decirlo así, una intolerancia agrandada al máximo. Y aparece en verdad que las mortificaciones estéticas de la guerra no intervienen menos que sus atrocidades en nuestra rebelión.
¿Cuánto tendremos que esperar todavía a que todos se hagan pacifistas? No es posible decirlo, pero tal vez no es una esperanza utópica que el influjo de estos dos elementos, la actitud cultural y el miedo justificado a los efectos devastadores de un conflicto futuro, pongan fin en una época no lejana al uso de la guerra. Por qué caminos o rodeos, no podemos adivinarlo. Mientras tanto, podemos decirnos que todo lo que promueve el progreso de la civilización trabaja también contra la guerra”.
Guerra…La sangre, el dolor y el horror son una marca que llevamos en nuestra frente. Si no alcanzamos a verla en nosotros mismos veámosla en los ojos sin vida de nuestros hermanos, en sus viudas y en sus huérfanos sin rumbo.
Que esperar un cambio no se trate de una ilusión más.
En estos tiempos de letales armas impensables que podrían terminar con toda la humanidad en segundos, si no alcanza el amor, que nos ilumine la desesperación
