Primera Parte: Los escribas del Señor
(Extracto del Cap. 1° de «Yo, el Copista»)
Autorización para escribir
Pongo estas futuras páginas bajo la Protección de la Señora. Que Ella perdone mis errores y que su mano escriba derecho en mis renglones torcidos. Como no sé si Ella me apoya en este proyecto, acepto que si se vuelca ahora el tintero con mi sufrida tinta negra, significa que me pide que no siga adelante.

Bueno… No se volcó, así que continúo tranquilo, pues sé que la Virgen está conmigo y tengo Su autorización. Lo que me propongo es escribir algo mío durante las largas horas en que nos obligan a hacer palotes para mejorar la caligrafía. Lo voy a hacer para practicar también mi latín. Para ello voy a escribir primero en nuestro idioma y luego lo voy a traducir lo mejor que pueda al latín.
Sé que no estoy preparado para escribir unos Commentaria (1), aunque me encantaría, pero creo estar en condiciones para escribir una Chronica, o sea, contar lo que pasa aquí en la vida de nuestra familia. Para esto cuento con una virtud nórdica: Soy bastante callado, y como también soy medio tímido, por lo general, la gente ni se da cuenta de que estoy presente.
Yo siento algo así como una vocatio especial. El otro día tenía tantas ganas de tomar la pluma y empezar a escribir que pensé que estaba poseído… y me asusté. Recién me tranquilice cuando me hice la señal de la Cruz con agua bendita y no se me prendió fuego la mano. Allí se me ocurrió lo de vocatio, que es muy distinto de estar poseído; suena más cristiano y aleja la posibilidad de que me tengan que exorcizar el alma inmortal y molerme el cuerpo a palos.
También voy a aprovechar para escribir durante los momentos que nuestros Maestros dejan libres cuando dictan. Justamente ahora estoy escribiendo porque Juan de Nápoles (Ioannes Neapolitanus), conocido en la Universidad de París como Doctor Irascibilis, ha interrumpido su dictado para consultar una cita de Abelardo.
Acá, en el Scriptorium, la amplia sala de los «Escribas del Señor», donde tres braceros de hierro ahuman todo y simulan paliar el frío que nos congela los dedos, nosotros, los jóvenes copistas, copiamos y copiamos.
…Y comienzo con la Chronica. En primer lugar, siguiendo el consejo de Heródoto, es necesario que ubique al lector en el tiempo y en el espacio. Ya sé que seguramente nadie lea estas páginas, pero eso no quita hacer las cosas bien. Además, seguramente yo me voy a leer.
Soy un afortunado hijo de estos tiempos, donde la publicación de libros ya es una rutina más. El Magister dicta en voz lenta un párrafo y los copistas lo escribimos en los pulidos pergaminos. Así transcurre nuestra vida, rodeados de plumas afiladas, tintas de colores y frascos de arena para secar la escritura.
Soy uno de ellos y sería plenamente feliz si no fuera por el frío que me agarrota los dedos. En esta comarca de bosques ralos y grandes fiordos el frío es algo sólido, material. Nuestro invierno es tan duro que la gente de otros países nos llama «los hombres rojos», por como se ponen nuestras narices por el frío; aunque otros atribuyen la causa de ese color a nuestra querida bebida, el acquavit. Pero Dios sabe que lo tomamos por el frío y si alguno nos critica porque lo hacemos también en pleno verano, lo invitamos a que pase un invierno aquí, a ver si no le queda frío a posteriori, como diría nuestro otro Maestro, Paulus Romanus.
¡Ah! Me olvidaba. Para estas páginas sólo voy a usar el pergamino que los copistas sacamos de los pupitres para envolvernos los pies. No es que los pies sean lo más importante, pero ellos son los que nos mantienen en la tierra y por donde sube el frío del piso. Para que nadie pueda acusarme de derroche, me voy a abrigar una pierna sola. Para no resfriarme turnaré el apoyo de los pies. El que quede al aire lo pondré debajo de mi trasero.
Los Padres Fundadores
Y sigo con la Chronica: Este Convento de Mildal lo fundó una avanzada de nuestra Orden de Santo Domingo hace poco más de treinta años. Nuestros padres fundadores habían recibido del Maestro General de la Orden la misión de encontrar la ruta de la seda y convertir al Gran Emperador de Catay a la fe de Cristo, nuestro Señor.
Roma apoyó decididamente esta cruzada dominica en tierra de Infieles. Quizá no tuvieron mucho tiempo para los detalles; digo esto porque la Bula Papal designó al Prior del futuro Convento «General en Jefe o Abad Mitrado ante la Corte del Gran Mongol, según las circunstancias». Esto llamó un poco la atención — especialmente a nuestros criticones hermanos franciscanos — porque nuestra orden no es militar ni tiene Abades. Pero Roma locuta, causa finita, lo que significa que les guste o no les guste a los Hijos de San Francisco, se tienen que aguantar que nuestro Convento, aunque es de simples frailes predicadores, tenga un Abad al frente.
Para facilitarles el camino a los padres fundadores se les entregó un barco y con el mayor secreto se les confió un mapa atribuido a Alberto Magno, que señalaba qué estrellas había que seguir para llegar a esas tierras desconocidas.
Los queridos padres partieron y con unos ladrones perdieron el mapa, después con una tormenta perdieron el barco, y al final con unas cuantas noches nubladas, perdieron el rumbo de las estrellas. Lo único que les quedo fue la fe y su emperramiento en que debían convertir al Gran Rey.
Arthur Larsen de Mildal
Arthur Larsen, el señor de Mildal, los vio llegar después de una tormenta de nieve que había durado todo el invierno. Estaban con la mirada extraviada, desarrapados y tan decididos a seguir adelante, que trató de convencerlos de que la ruta que seguían los llevaba al polo y que allí el único emperador es el oso blanco. Como los padres fundadores eran muy cabezas duras, en vez de entender que aquí acaba el mapa de la tierra, le exigieron a nuestro señor que los dejara pasar o los matara.
Arthur Larsen, para salvarles la vida, apeló a una solución milagrosa: se ofreció para ser el Gran Rey que ellos andaban buscando para convertir al cristianismo. Los padres fundadores no tuvieron cara para decirle que su señorío era más bien chico y su gente más que escasa para ser el Gran Emperador buscado. No sabían como responder sin ofender y Dios les inspiró la salida: Si Arthur abandonaba seriamente a Odín y a todas sus pompas, ellos conseguirían que Dios —achicando un poco los ojos— lo considerara el Gran Señor buscado. Para ello, Arthur Larsen debía terminar con la poligamia, en la que pecaba con demasiada alegría para sus cincuenta y pico de años.
Nuestro señor de Mildal mostró su compasión y la valentía que siempre lo acompañó. Se convirtió y no sólo renunció a sus seis esposas, sino que se casó, según las leyes de nuestra Santa Madre Iglesia, con Ingrid, una jovencita rubia muy linda, a la que ya le había echado el señorial ojo y a la que el pueblo groseramente denominó Ingrid Prima quamquam Séptima, o sea: «Ingrid Primera aunque Séptima».
Y así, de un día para otro, nuestra perdida comarca del fin del mundo logró para su serio pueblo de Mildal una religión seria, un Convento serio, edificado por nuestros serios padres fundadores y un señor que se ponía serio cuando le miraban la esposa.
Alguien se preguntará sobre las causas que motivaron que nuestra región tardara tanto en abrazar el cristianismo: Que ese alguien piense en el frío, pero en el frío del fin del mundo. Además nuestro pueblo de Mildal está entre Hammerfest y el Cabo Norte, en el fin de la región de Finnmark, o sea donde los mapas sólo dibujan contornos borrosos con monstruos y alguna leyenda que dice que durante tres meses por año el sol no sale y durante otros tres no se pone. Estamos tan lejos que la gente inventa leyendas, como la de que nuestro viento es un castigo divino que vuelve locas a las personas, de tal forma que no pueden comunicarse con nadie. Confunden castigo de Dios con presencia de los Lapps, ese minúsculo pueblo nómada, llamados también Sami, a los que nadie entiende, que aparecen y desaparecen en nuestros valles con su extraña lengua y su cultura lapona, tan diferente a la nórdica o a la de los demás países cristianos.
(Segundo Extracto del Cap. 1° de «Yo, el Copista»)
La espada de Haakon y el reclamo de las esposas reales
… Recién hoy puedo retomar lo que comencé a escribir hace unos días y que abruptamente tuve que interrumpir. Y sigo donde dejé. Cuando me subí a mi banco pude ver que se trataba de un extraño cortejo. Al frente venían unos Caballeros armados y atrás el carruaje del castillo, seguido de unos cuantos carros más sencillos, todos cubiertos con crespones negros. Desde lejos se oían lloros de mujeres y sollozos.
Cuando la triste procesión de Caballeros armados y llorosas mujeres se acercó al Convento en vez de dirigirse a la Portería, se dirigió directamente a la entrada de la Iglesia, pidiendo ser recibidos allí, pues se trataba de una cuestión de Fe que querían presentarle al Abad.
El Maestro de Novicios intentó explicarles que el Abad estaba con voto de silencio, pero las mujeres protestaron a los gritos: «O sale el Abad o nosotras lo vamos a buscar hasta debajo de la cama».
Este inusual ofrecimiento obligó a nuestro amado Abad Hildebrando a poner entre paréntesis su voto de silencio y a revestirse a las apuradas con los ornamentos sagrados. Al rato con gesto de hastío, apoyándose en el báculo y con la testa mitrada, abrió las puertas de la Iglesia e invitó a entrar a los Caballeros y a las Damas veladas que los acompañaban.
Como hacia allí nos habían arriado (escondido) a nosotros un rato antes, la suerte nos convirtió en testigos veraces (aunque no deseados) de lo que pasó. El Abad, que no sabía de nuestra presencia, se puso al frente de la comitiva y la condujo hacia el altar mayor, al vernos rezando con la cabeza vuelta para atrás, nos echó una mirada de fuego y dos frases con una sola alternativa posible: «¡Salgan o los mato!».
Ya que antes que nada somos religiosos, cumplimos religiosamente lo que nos pidió: Salimos por la puerta que da a la Galería Principal. Como también estudiamos lógica, volvimos a entrar por el lado del Coro, a pesar de los gestos negativos y llamados a la disciplina que nos hacía el desesperado Bedel, a los que asentimos inclinando la cabeza y subiéndonos la capucha.
El primero en hablar fue un inmenso Caballero que tenía una espada que casi le llegaba al pecho, que se le metió entre las costillas cuando el hombre hizo la genuflexión para besar el anillo del Abad. Todos escuchamos su gemido y nos aguantamos la risa para poder escuchar mejor lo que el hombrón estaba diciendo:
- — Respetado Monseñor Episcopal, Vos me conocéis, soy Haakon, el jefe de la guardia del Castillo. Vengo con estos Caballeros y estas Damas a pedir la ayuda de la Iglesia. Desde que murió nuestro señor Arthur Larsen…
Aquí el hombre miró hacia el costado donde está enterrado nuestro querido señor e hizo otra genuflexión. Como sus costillas todavía le hablaban de su espada, con hábil gesto la acomodó entre medio de sus piernas. Seguramente no era el mejor lugar. Lo digo por el profundo «Uyyy», que fue saludado con alegres codazos por nosotros, los del coro, que no sabemos mucho de espadas, pero tenemos imaginación.
- —Gran Diácono del Palio de la Rosa de Oro —siguió el hombrote cuando se recompuso— Esto no es vida para nadie. Las mujeres que nos acompañan y que aquí parecen santas, nos están exigiendo algo que supera nuestras posibilidades, y como no accedemos a ello nos pelean todo el tiempo y han tomado la costumbre de tirarnos con lo que tienen a mano. Yo creo que en pocos días van a terminar con todo lo que supimos juntar en las invasiones de las últimas centurias.
- —¿Cuál es el problema?— preguntó con voz autoritaria nuestro Abad.
- —El problema os lo pueden contar ellas, Sacrísimo Grial. Yo y mis compañeros sabemos la solución, que es molerlas a palos a todas, pero no estando Arthur Larsen… Además nuestras esposas no nos dejan. Tienen miedo que después terminemos con alguna de estas señoras restableciéndose en nuestras casas, como era antes de que la Fe iluminara nuestras comarcas.
El Abad hizo un gesto con la mano invitando a que las mujeres hablaran y se armó un griterío colosal que terminó con los hombres tapándose los oídos y con el Bedel tocando a rebato la campana grande de la Iglesia para hacerlas callar.
- —Como que me llamo Haakon —dijo el grandote—, todo el día es así, con la diferencia de que en el castillo no hay campanas y cuando no las soportamos más tocamos los cuernos de caza, pero entonces, los perros se ponen locos y corren para todos lados, especialmente hacia la cocina de donde salen con los conejos, pollos y otras vituallas que… Y no le cuento como se ponen los caballos y los halcones, Reverencia Suprema de Toda la Cristiandad.
- —No tanto —corrigió con humildad nuestro Abad—.
- —Usted porque no está allí. Hasta algunos de mis compañeros aquí presentes me han propuesto que nos vengamos a vivir con ustedes, aunque nos tengamos que aguantar las ganas de la sangre caliente. ¿No podríamos venir por un tiempo, aunque más no sea? .Porque hay algunos que conozco, que no sé si aguantarían mucho tiempo lo del sexto mandamiento, Su Serenísima Castidad Paráclita…
- —No creo que hayan venido para preguntar eso. —aclaró secamente nuestro Abad—. —Concretamente, Gran Santoral y Martirologio Romano, el problema es que, muerto nuestro señor Arthur Larsen… Aquí hubo otra genuflexión, otro enganche con el espadón, otro «¡Ayyyy!», otras risas no contenidas y un gesto con las dos manos de nuestro amado Abad, que convenció al tal Haakon de ser concreto y ahorrar las genuflexiones.
- —Lo que pasa, Preboste de la Triple Tiara, es que éstas, que fueron mujeres de nuestro señor antes de su conversión, dicen que fueron sus esposas y que tienen los mismos derechos que la señora Ingrid. Como si fuera poco, la propia señora Ingrid parece que está de acuerdo con ellas y no hace valer sus derechos. … Lo que exigen es que, ahora que Arthur Larsen está muerto, el lugar reservado a su lado no tiene que ser para Ingrid solamente, sino para todas las que fueron sus esposas.
Ingrid y las demás señoras
- —La cosa ya fue resuelta —tronó nuestro Abad—. La señora Ingrid es la única esposa reconocida de Arthur. La Iglesia siempre ha reconocido el preexistente matrimonio natural de los que se convierten, pero desde siempre reservó para sí los privilegios petrino y paulino, que permiten alterar ese principio. En este caso hicimos uso del privilegio…
- —¡Hicieron una porquería!
La voz de la mujer salió como una saeta e interrumpió a nuestro Abad, que se puso lívido y gritó:
- —¡Cómo se atreve! a hablar así! ¡Esta es la casa de Dios! ¡Este no es un lugar para que las mujeres vengan a interrumpir a los ministros del Señor!
- —¿Y ésa? —preguntó la mujer, señalando a Nuestra Señora y Madre de los cielos—. ¿Esa está de adorno aquí? ¿Le tienen también prohibida la palabra?
Antes de que nadie pudiera imaginarlo una rueca anónima voló por el aire y dio en el báculo de nuestro Abad, que por suerte estaba tan enojado que no se estaba apoyando en él, que sino hubiera aparecido debajo del altar. Como si nada hubiera pasado, la mujer que había hablado retomó la palabra:
- —O nos escucha o nos llevamos la imagen de la Señora… Que no debe sentirse cómoda aquí con tanto hombre aguantándose el sexo.
- —Totalmente de acuerdo —ahora era la señora Ingrid la que hablaba—. Una cosa es una discusión entre nosotras y otra que un hombre le falte el respeto a una mujer delante de otras mujeres. Eso no lo vamos a soportar y menos en una Iglesia que dice que es Madre. Nosotras tendremos nuestras diferencias, pero que no nos toquen… No necesitamos. Ya hemos discutido el tema y estamos todas de acuerdo. Una para todas y todas para una.
Haakon, que se había retirado estratégicamente unos cuantos pasos atrás volvió a ponerse cerca de nuestro Abad y le dijo:
- —¿Ve, Alto Patriarca Niceno? No se puede con ellas.
- —Exigimos que nos entierren a todas juntas con él —volvió a hablar la que se quería llevar la imagen de la Virgen—. Ya que Usted y los otros perdidos de sus compañeros, nos prohibieron estar con él en vida, queremos que se respete nuestra última voluntad de estar con él, muertas.
- —Pero ¡Ustedes están vivas! ¡Cómo vamos a enterrarlas con el muerto!? Esa es una costumbre bárbara que la Santa Iglesia no permite y que me llama la atención que aparezca después de tantos años de catequización.
- —Que nos entierren con él cuando muramos, genio —corrigió la señora—. No hace falta catequización para que no nos sintamos cómodas con mármol por todos lados. Ustedes dejaron un lugar al lado del Arthur Larsen para cuando muera Ingrid. Nosotras exigimos que en ese lugar nos entierren a todas las que fuimos sus esposas. A la señora Ingrid ya la convencimos de que aprenda a soportar lo que tuvimos que aguantar nosotras todas estos años y ella dice que no tiene problemas.
El abad Hildebrando se inspira
- —No se puede torcer la ley Dios —pontificó nuestro Abad.
- —Ustedes autorizaron ese casamiento —le contestó secamente la mujer—. Así que arreglan el entuerto o nos quedamos aquí con la Virgen y ustedes se van a tener que ir con los Santos de segunda, pues la mayoría se van a querer quedar con Ella. Especialmente el Hijo. … Así que ya van saliendo, empezando por los más viejos.
- —¿Ve, Impoluto Canciller del Sello? —terció Haakon—. Cambian todo y a cada rato lo complican más.
El Abad se quedó reflexionando en silencio y al final dijo en voz baja, como para sí, pero sin que pudiera escapar a nuestros oídos apantallados: —Yo a estas las mato… Pero la dignidad de mi cargo lo prohíbe… Tengo que solucionar este problema a ver si por mi carácter fuerte se produce un Cisma en la Iglesia y aparece una nueva secta: la Secta de las Mujeres.
Y así permaneció entrecortando su silencio con frases que mostraban como discutía consigo mismo. Al final, apareció una sonrisa amplia en su cara vieja y dijo:
- — Como se trata de un problema serio, la Madre Iglesia lo va a atender como se debe. Estimadas Señoras, apreciado hijo Haakon, Señores de la Guardia: Por la Gracia del Señor tenemos en nuestro Convento a uno de los más grandes pensadores de la Cristiandad. A él le voy a encomendar que resuelva este entuerto de lógica mayor con Sabiduría y Justicia, como merecen todos ustedes.
Y dirigiéndose hacia donde estábamos nosotros, tronó:
- —A ver, ustedes… Sí, los idiotas del coro: En vez de descogotarse tratando de espiar, vayan a buscar a Juan de Nápoles. Quiero encajarle, perdón… «encomendarle» —corrigió rápidamente— el estudio y solución de esta cuestión.
Más que un grupo de recoletos novicios yendo a buscar a un sacerdote sabio, nos convertimos en una turba de desaforados que dejamos en las curvas de las galerías, acostumbradas al lento andar de frailes en oración, las marcas de roble de nuestras sandalias patinadoras.
Juan de Nápoles oyó la turba multa y con un gran velón como arma salió a recibirnos. Creo que se desanimó cuando nos vio. Para mí que esperaba enfrentarse con las hachas dobles de los famosos «Vikings» y no con nuestros gritos de que lo quería ver el Abad.
Nos escuchó, nos gruñó y nos cerró la puerta en las narices. Desde afuera escuchamos abluciones como que se lavaba la cara, aunque después oímos ruido a jarra de metal apoyada sobre la mesa. Cuando salió lo hizo masticando hojas de menta, que es lo que en nuestra comarca hacen los hombres al llegar a casa cuando toman acquavit y no quieren que sus mujeres empiecen con las lamentaciones cuaresmales.
Como ya tenemos incorporado que todo se hace en forma de procesión y porque nos pareció divertido hicimos dos filas y le abrimos camino al Maestro por las desiertas galerías. Eso nos vino muy bien para entrar a la Iglesia como si se tratara de una ceremonia y poder instalarnos bien cerca del altar.
Juan de Nápoles acepta el cargo
Yo creo que Juan de Nápoles, por puro orgullo, no nos preguntó qué pasaba y para que lo buscaba el Abad. Por eso, su acostumbrada imperturbabilidad se mutó en ojos de buey cuando vio la Iglesia llena de gente y que todos lo miraban como al Salvador. Yo noté un cambio en su cara. Creo que él entendió que lo habían propuesto para ser el Mesías y se preparó para ser traicionado, muerto y sepultado antes de que cantara el gallo.
El Abad se acercó a recibirlo, lo besó como a un hermano y en breves palabras le explicó el problema, callando con gesto autoritario los comentarios que las partes quisieron agregar. Sus dichos finales fueron:
- —…Maestro Juan de Nápoles, a solucionar el problema. Te deseamos suerte, te damos nuestra bendición y si te preguntas por qué Dios te envía esta misión, recuerda tu condición humana, especialmente pecadora. Yo rezaré para que no pierdas el camino. Que el gran amor que sientes por estas tierras y su gente pueda guiar tu inteligencia y justificar el orgullo que siento por ser tu Abad.
Yo, que sé la pelea que hubo entre ellos hace unos días, entrecerré los ojos y miré bien la boca del Maestro para ver si se le escapaba algún sentimiento no conventual. Y lo que vi fue una palabra que me hizo cerrar los ojos. Sus labios musitaron quedamente la palabra Lupa, que es como comienza en latín lo que en vikingo llamamos una «puteada madre».
Nuestro Abad le sonrió como respuesta y dirigiéndose a los hombres y mujeres que estaban expectantes, les anunció solemnemente: Magister Joannes Neapolitanus is Iudex hic, Roma et Coelo, que es la fórmula para expresar que lo que sentencie nuestro Maestro no lo desata nadie, que al escaso latín que tiene esta gente, sonó que se queden tranquilos y que van a ir al cielo, o al menos a Roma. Por eso todos asintieron contentos.
El Abad comenzó a bajar del altar y nosotros nos dispusimos a seguirle, pero la señora que había hablado en nombre de las primeras esposas del señor Arthur Larsen, se interpuso con los brazos en cruz y dijo con voz grave:
- —De aquí no sale nadie hasta que se arregle el problema. Si Usted, Abad, quiere pasar, lo hará por encima de mí y se va a tener que llevar mi virginidad ya perdida. Entonces estará obligado a renunciar como Abad, para ofrecerme casamiento y voy a ver si acepto. Por ahora, no. Para mí, Arthur Larsen sigue siendo mucho más hombre que usted.
Haakon se acercó con la espada desenvainada, pero el Abad, se interpuso, diciéndole:
- —Tranquilo, Caballero. Envaine que no hace falta la fuerza. Esta señora se retirará a un costado y se comerá sus palabras o yo, con la autoridad de la Iglesia, haré bajar tantas maldiciones que se arrepentirá de haberse interpuesto en el camino de la Iglesia y de haber hecho comparaciones odiosas.
- —Perdone, Sacro Cuore Ad Vincula —interrumpió el grandote Haakon—, pero yo no desenvaino mi espada contra una Dama… Mas bien reafirmo lo que ella dijo: Juro que de aquí no sale nadie hasta que se arregle esta situación. No creo que la maldición que Usted pueda hacer bajar del Cielo sea peor que la que estamos pasando en el castillo. Para mí que es del Infierno. De ahí dicen que vienen las peores… Sin ofender.
- —No permito este desafuero ni un levantamiento contra la autoridad de la Iglesia —pontificó nuestro amado Abad, sacando pecho.
- —Esta iglesia se construyó con la plata que les dio Arthur Larsen —lo cortó la representante de las primeras esposas—. Y lo que era de Arthur, era del pueblo, porque de allí lo sacaba y era nuestro, porque lo gastaba con nosotras; aunque no todo, porque algo devolvía a la gente. O sea que la Iglesia es del pueblo y de nosotras. Si fue un regalo y ustedes no son dignos de tenerla, podemos tomarla de vuelta con las campanas incluidas y la imagen de la Virgen también. Hasta podríamos reclamar alquileres impagos.
Nuestro Abad, viendo que tenía por un lado la espada y por otro una lógica que no era la de Aristóteles, optó por la salvación de las almas y de su cuerpo. Con un bufido y una mirada al Cristo del Altar se dirigió a su sillón abacial y con gesto pontifical dijo:
- —Pueblo de Mildal: Elevemos nuestra oración al Señor para que ilumine al Maestro Juan de Nápoles y encuentre pronto una solución a este entuerto.
A renglón seguido entonó un salmo que fue cantado con unción, especialmente por las mujeres que se atrevieron con voz aguda a nuestro canto gregoriano. A mí me sonó un poco sensual para nuestros oídos tan acostumbrados a los bajos. En un momento sobresalió una voz muy aguda y todos miramos para ver si no se nos había colado un castratus en el Convento.
Ya habíamos cantados un buen rato y cada vez sonaba mejor, pero el coro mixto debió interrumpirse porque, a pesar del rictus de la boca del Abad, la señora representante de las primeras esposas, se adelantó y le preguntó a Juan de Nápoles:
- —¿Y, Maestro? ¿Para cuándo? Mire que las mujeres medimos el tiempo por ciclos que no son los de ustedes. Por ejemplo nuestro mes es más corto, igual que el año que sólo dura nueve meses, porque nada puede ser más importante que llevar un hijo en las entrañas. Y si no pregúnteselo a la Imagen. ¡Vamos a ver si nace esta criatura y nos podemos ir todas en paz, que tenemos cosas que hacer! Nosotras siempre dejamos algo en el horno.
El laudo del Magister
Juan de Nápoles había quedado entre el altar y la comitiva. Su cara estaba como ausente. Sus ojos entrecerrados seguramente estaban repasando todos los libros que había leído. De vez en cuando se escuchaban que salían palabras sueltas de sus labios. Yo leí varios «no puede olvidarse», tres «ergo«, dos «lupa mater» y un «masturbator«…
- —¡¡Lo tengo!! —gritó de repente el Maestro—. ¡¡Lo tengo!!
- —Quédense todos donde están —bramó el Abad, cuando vio que todos se adelantaban—. Es necesario que yo dé el exequatur. A ese juez lo puse yo, y soy yo quien debe dar ejecutoriedad a su sentencia.
Como no entendieron lo que quería decir todos se quedaron quietos, aunque gesticulando y hablando a la vez.
Juan de Nápoles se acercó al Abad y con cara de pocos amigos le habló en voz baja. El Abad lo escuchó y comenzó a negar. Nuestro Maestro, entonces le señaló a Haakon, quien saludó bajando la empuñadura de su espada, y luego a la representante de las ex esposas, quien se llevó el índice abajo del ojo y miró hacia la imagen de la Virgen. También señaló a la señora Ingrid, que no hizo seña alguna, pues en ese momento se estaba poniendo perfume detrás de la oreja.
El Abad miró todo y después, con cara de resignación bajó la cabeza afirmativamente y con gran parsimonia se puso la mitra, tomó su báculo, se dirigió hacia el altar, y desde allí, con voz ceremonial dijo:
- —El Juez ha dado su sentencia. Si alguien no la va a aceptar que manifieste ahora que quiere apelar.
- —Pero, si no sabemos qué dice — protesto la representante de las ex esposas —.
- —La apelación debe hacerse antes de conocerse el resultado, sino siempre va a apelar el que pierde. Y así no vale.
Como se hizo un silencio de perplejidad, nuestro amado Abad prosiguió:
- —El Maestro de Nápoles sentencia este caso de la siguiente manera: A la derecha del señor Arthur Larsen de Mildal sólo estará su legítima esposa, la señora Ingrid…
Las ex esposas intentaron abalanzarse sobre el altar, pero el Maestro de Novicios ya había previsto que seis novicios, armados con los velones de los cirios pascuales de los últimos años, se interpusieran con la autoridad de la cera encendida.
- —¡Todavía no he terminado! —aulló el Abad—. La sentencia dice también… que las señoras que fueron consideradas sus esposas durante la época en que la Fe cristiana no había bendecido estos lugares…
Un silencio fuerte se hizo y lo interrumpió la voz de la señora delegada de las ex esposas:
- —Cuidado con lo que va a decir. Y vos, Caballero Haakon, termina de hacerte el imparcial, que la pasabas mejor con nosotras que te hacíamos cocinar lo que te gustaba y no con la chiquilina, que no es mala, pero que nos tuvo a todos comiendo solo verduritas para no engordar.
- —Fue sin intención —intervino la señora Ingrid—. Que conste que yo nunca dije que ustedes eran tan gordas… Un poco rellenitas nomás. Y ustedes saben que siempre las respeté y ahora las apoyo en eso de poder estar todas juntas en la otra vida, porque si aquí la pasamos bastante bien, a pesar de ser tantas y el castillo no muy grande, me imagino que en la otra vida…
- —Con vos no es la cosa, nena —aclaró la señora representante —. Es con otros que los tengo enfrente y que no quiero nombrar. Como ellos tienen prohibido comer, se la agarran con la comida de los demás. En este caso, con nosotras.
Cuando todos esperábamos que el Abad excomulgara latae sententiae a la infrascripta, éste mostrando su sabiduría, siguió hablando como si lloviera:
- —…La sentencia sigue diciendo que las señoras anteriores, el día en que el Señor las llame junto a sí, podrán reposar a la izquierda del Arthur Larsen. Como la Iglesia no aprobó sus matrimonios anteriores, en el mármol se escribirá un epitafio que dirá «Sus novias de siempre», que eso no es problema para la Fe, ni para el Sacramento del Matrimonio, pues estará dicho desde la palabra de las señoras. Además, se nombra al Caballero Haakon «Defensor del Real Sepulcro», para que sea el encargado de implementar esto… sólo cuando se hayan cumplido las condiciones de muerte previa. Esta es la sentencia. ¡Que Dios sea Loado!
Hubo una explosión de alegría que derivó en una procesión precedida por el Abad y donde los Caballeros llevaron en andas al Maestro Juan de Nápoles. Detrás venían abrazadas la señora Ingrid con las demás esposas, que se detuvieron a agradecerle a la Virgen. Al final marchábamos nosotros, que éramos puro ojos, puro oídos y puro pensar en lo hermoso de la vida. ¡Nos han invitado a comer en el Castillo! ¡Vamos a dejar por un rato el pan de cebada, la sopa de cebada y el guiso de cebada! ¡¡Dijeron que iba a haber vino y juglares!! El abad aceptó la propuesta del hermano Berengarius de que colaboremos con acquavit. Todos esperamos que sea del no bautizado.
La fiesta en el castillo de Arthur Larsen
…Hoy retomo lo que tuve que dejar a medias para ir a la fiesta. ¿Cómo contarles lo del Castillo? Decir que la pasamos de mil maravillas es poco. Un bufón saltimbanqui, dos juglares, un mago que escupía fuego y tragaba espadas y unos perros cariñosos que nos lamieron todo el tiempo. El vino que nosotros conocemos es el dulzón de misa, el que sirvieron era áspero a la garganta y dulce al cuerpo. … En un momento pensé que si papá, mamá y mis tíos me vieran, se pondrían orgullosos de verme en el castillo del señor Arthur Larsen, comiendo y tomando de su vino… y de nuestro acquavit, que fue aclamado como de lo mejor.
Esa noche volvimos al Convento entonando loas al Señor. Un grupo, con el hermano Berengarius a la cabeza, mostró que habían aprendido (o ya conocían…) las canciones profanas que escucharon en el castillo y volvieron abrazados como buenos hermanos de religión, y cantando a voz en cuello, cosa ésta que fue repudiada por la nariz de nuestro Maestro de Novicios, quien con el Bedel, nos arriaron lejos de ellos como si nosotros fuéramos monaguillos y ellos nos pudieran contagiar una peste espesa. Yo de lejos saludé a Berengarius y él brindó por mí levantando su jarra. Cuando fuimos llevados a los dormitorios, me fui quedando rezagado pues me había decidido a ir a visitar a Olaff Calamitas a la Celda de las Penitencias, por más prohibido que estuviese.
